Javier Urbina Movilidad y Turismo

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Con motivo de la restauración de la residencia del Mariscal Ramón Castilla aquí una historia sucedida en aquella casa. E...
06/01/2026

Con motivo de la restauración de la residencia del Mariscal Ramón Castilla aquí una historia sucedida en aquella casa. Espero sea de su agrado:

RAMON CASTILLA Y LA CONJURA DE LOS DESCALZOS

Lima, madrugada del Viernes 23 de Noviembre de 1860. La noche primaveral transcurre fresca y apacible. Los recientes faroles a gas reverberando sobre las calles solitarias disipan la leve bruma y el silencio, amable sostén de la calma, se desliza benefactor entre rondas y paseos. Nada parece conmover el sosegado descanso de los capitalinos. Tanto así que los subrepticios pasos multiplicándose por las vías de San Antonio (sexta cuadra del Jirón Lampa) y La Higuera (segunda cuadra de la Av. Emancipación) resultan imperceptibles para una ciudad que reposa distendida.
Son las figuras desvanecidas y confusas de los conjurados que furtivas serpentean hacia el objetivo. Fantasmas brotando de la rasgada oscuridad a la voz queda, aunque firme, de un jinete colocado a las sombras de una esquina. Es el abogado, político y sustancioso orador cajamarquino, José Gálvez Egúsquiza de 41 años, quien años más tarde morirá heroicamente en el Combate del 2 de Mayo. Líder de la conspiración en marcha, con gestos enérgicos, apura la tropa que ha logrado soliviantar y a sus correligionarios para alcanzar pronto la casa que ubica en Calle Divorciadas (sexta cuadra del Jirón Carabaya) con susodicha La Higuera. Es la casa del Mariscal Ramón Castilla. Van a matar al Presidente.
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El Perú del Siglo XIX discurre polarizado entre los Liberales que buscan modernizar el País y los Conservadores defensores del orden tradicional. A los primeros se les conoce como Los Descalzos, por los humildes zapatos que usan, reflejo de su conexión con el pueblo llano, a diferencia de los segundos llamados Los Botudos por las botas de cuero que visten, símbolo de estatus y poder.
Ramón Castilla en 1858, con apoyo de Los Liberales a cambio respetar la Constitución de 1856 promovida por éstos, repite periodo de gobierno. Mas una vez consolidado como Mandatario se aleja de los reformistas e impulsa una nueva Carta Magna de corte moderado la cual ha de jurarse el 25 de Noviembre de 1860. Los Descalzos consideran el hecho una traición. En consecuencia rompen toda relación con el tarapaqueño quien de ser su tolerante aliado pasa a ser su contumaz enemigo. No hay dilema. El apóstata debe ser eliminado antes de la promulgación del flamante documento. Agotada la etapa del verbo como protagonista, la única opción es un certero balazo.
Y es así como Castilla resulta víctima de un primer atentado criminal. El 24 de Julio de 1860 a las siete de la noche el Presidente garbea por la Calle del Arzobispo (segunda cuadra del Jirón Junín) acompañado por Toribio Calmet y Carbajo, dueño de la Hacienda Tacama, y dos Edecanes. Al llegar a la esquina para tomar la Plaza de Armas un embozado caballista se acerca al galope y le descerraja dos tiros uno de los cuales impacta en el hombro izquierdo. En fracción de segundos, mientras el Gobernante se lleva la mano derecha al nacimiento del brazo manchado de sangre, el asesino apunta de nuevo, ahora directamente a la cara. Esta vez no puede errar. Jala el gatillo pero el arma se traba, no eyecta el proyectil y el magnicida huye raudo por la Calle Pescadería (primera cuadra del Jirón Carabaya). Ramón Castilla ha salvado de milagro.
Frustrados Los Liberales se prometen no fallar en próximo intento. “Le atacaremos con puñal; se le envenenará en su propia casa y si no muere en el primer ataque, persistiremos hasta hacerle desaparecer” escribe la oposición …” según nos cuenta Jorge Dulanto Pinillos en su libro “CASTILLA” (1952). Aun así el Presidente no clausura los órganos de prensa adversa ni limita sus actividades propias. “No tengo miedo ni a plumarios ni a conspiradores … porra!” afirma corajudo. En tal virtud pasea todos los días en coche descubierto con su esposa, Francisca Diez Canseco, al lado. Visita los monumentos de Colón y Bolívar, se exhibe en la Alameda de los Descalzos e inspecciona obras en proceso. El 31 de Agosto, día de su 63 cumpleaños, oye Misa en la Catedral y durante la noche celebra en su residencia con tertulia y banquete.
Mas a despecho de aquel franco y proverbial arrojo sus amigos le recomiendan prudencia y cautela. En dicha línea y contra voluntad del veterano guerrero se instala guardia especial en su domicilio y el Edecán Contralmirante Francisco Forcelledo pernocta y vigila en pieza contigua a la recámara del Mandatario. En ese orden de cosas se desenvuelve el dulce amanecer del 23 de Noviembre.
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Los principales complotados son Manuel María Rivas, Pedro J. Saavedra, Benigno Madueño, José Saavedra, Manuel Moreno y un joven liberal fanático de 27 años llamado Ricardo Palma. El cónclave designa por unanimidad cabeza de la confabulación a José Gálvez quien, a través de los Oficiales Alarco y Aparicio, soborna al Capitán Enrique Lara a cargo del Batallón Lima para dicha unidad ejerza como soporte militar al atentado. Igualmente se corrompe a Miguel Franco, portero y maestresala de Castilla.
Son las dos de la mañana. El Presidente está en su sueño más profundo. Es presa fácil. Tratando de mantener sigilo los conjurados llegan a la vivienda y las brunas siluetas se van perfilando definidas. Direccionados por el tribuno cajamarquino un contingente de milicianos rodea la casa en tanto otros se agolpan a la puerta. Según lo convenido el mayordomo franquea el portón. Su recompensa un navajazo en el corazón que lo fulmina al instante. Los uniformados del Regimiento Lima son los primeros en entrar seguidos de los civiles y en medio de la sorpresa reducen a los guardias de seguridad en turno.
Rápidamente los usurpadores se adueñan del patio. Forcelledo, quien duerme con un ojo abierto y otro cerrado, escucha el ruido de la correría, abandona con velocidad la cama, coge sus armas y dando la voz de alarma, casi sin ropa, baja al atrio emulado por el resto de la escolta. La explanada se convierte en un campo de batalla. Con bravura el Edecán dirige a los defensores y a pesar ser herido en un brazo se mantiene en la brega. Las baldosas van tiñéndose de sangre y sobre el suelo yacen varios cuerpos tanto de leales como atacantes. Entre ellos los felones Alarco y Aparicio.
Ramón Castilla advertido por la barahúnda y el aviso de algunos sirvientes se levanta de un salto vistiéndose de prisa como bien puede. Revólver en mano abre la puerta de la habitación para encontrarse cara a cara con un agresor quien sin mediar gesto le dispara. No obstante la edad los reflejos del Gobernante todavía responden logrando apartar la mano homicida y desviar el tiro. Cuando el asaltante intenta reponerse el diestro plomazo de un centinela acaba con su vida. El Mandatario busca dirigirse al primer piso, meollo del combate, pero su cónyuge lo detiene. Ante ello, protegido por algunos miembros de la guardia, se evade por los techos mientras desde el patio sube un estruendo de gritos y balazos. Tan retumbante el fragor de la pelea que el Comandante Pablo Arguedas, vecino del frente y hombre de confianza del tarapaqueño, desde el balcón de su residencia y exponiendo su vida increpa a los conspiradores: “Qué queréis bárbaros! Asesinar al Jefe de Estado? Os dais cuenta del crimen que queréis cometer? Descargad vuestras armas contra los traidores! Viva Castilla!”. Acto seguido sale presuroso a buscar tropa de apoyo conseguida la cual vuelve para proteger la casa del Presidente al grito de: “Viva Castilla! Viva el gran Mariscal Castilla!”.
Con el arribo de los refuerzos la balanza del número se inclina a favor de los partidarios del Gobernante lo que hace el Batallón Lima, sin pudor, cambie de bandera y vuelva sus fusiles contra los complotados. “Se han pasado! Traición! Se han pasado!” vocifera desconcertado el Capitán Lara quien huye despavorido del lugar de los hechos. Como igual escapan todos Los Descalzos buscando amparo en las legaciones extranjeras. José Gálvez y Ricardo Palma se refugian en la Embajada de Chile de donde el primero partirá rumbo a Europa y el segundo hacia el país del sur.
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Para los moradores cercanos a la residencia del Mandatario el eco del tiroteo y ajetreo en las calles quiebran la paz de la madrugada. El brusco despertar y el confuso sopor no les permite determinar con exactitud de qué trata el desquicio pero la sensatez recomienda mantenerse al cobijo del hogar. Pasan las horas y al rayar el alba la tranquilidad regresa y las especulaciones crecen. Es gracias al murmuro de beatas y cotilleo de madrugadores que los limeños poco a poco van poniéndose al corriente de los acontecimientos. La censura al atentado es unánime. El pueblo siente real afecto por su caudillo. No ignora sus defectos pero conoce de su patriotismo, su honradez y su valor. Hace 25 años lo ve luchar para hacer del Perú un país grande y respetado. Y eso se graba a fuego en el corazón. Así entonces, movidos por el aprecio y solidaridad con su Presidente los capitalinos abandonan edificios y solares para, con inquieto afán, dirigirse a la residencia de la Calle Divorciadas.
Todavía no son las 7 de la mañana y una multitud se aglomera delante del frontispicio. Tal la abundancia de los allí reunidos que la puerta debe ser abierta para consentir ingresen al patio gran parte de los concurrentes. Todos vivando al unísono y con entonación de afecto al Gobernante quien desde el segundo piso sale a corresponder las espontáneas muestras de cariño. A los pocos minutos se hace presente el Diputado de la República General Manuel de Mendiburu y una comisión del Congreso: “Os felicitamos Señor Gran Mariscal por haber salvado de un modo milagroso vuestra preciosa existencia.”. Palabras que bien resumen el sentimiento coincidente de los peruanos para con Don Ramón Castilla y Marquesado aquel niño calichero nacido bajo el sol inclemente de la entrañable Tarapacá que así como curte la piel, curte también el carácter de sus hijos.

JAVIER URBINA GONZALEZ
Peruano

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06/01/2026

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Estimados Amigos: Seguimos con pasajes de la vida del Gral. FELIPE SANTIAGO SALAVERRY. Aquí les dejo un relato sobre su ...
05/01/2026

Estimados Amigos: Seguimos con pasajes de la vida del Gral. FELIPE SANTIAGO SALAVERRY. Aquí les dejo un relato sobre su relación con otro importante personaje de nuestra Historia, el Gral. Domingo Nieto:

DOMINGO NIETO Y FELIPE SANTIAGO SALAVERRY
ENEMIGO MIO
Domingo Nieto Márquez y Felipe Santiago Salaverry del Solar son contemporáneos, camaradas de armas y amigos. El primero nace en Moquegua el 4 de Agosto de 1803 y el segundo en Lima el 3 de Mayo de 1806. Los dos descienden de linajes señoriales, Nieto a través de vínculos con la ilustre familia de los Condes de Alastaya (Moquegua) y Salaverry, vía materna, por filiación con el apellido asturiano Duque de Estrada que, si bien no confiere nobleza en si mismo, las personas que lo llevan derivan de selecta estirpe.
De manera coincidente los padres de uno y otro desempeñan gran parte de su actividad profesional en la ciudad de Arequipa, Francisco Nieto y Hurtado de Mendoza (Moquegua) como Tesorero Perpetuo de la Santa Cruzada (recaudador de diezmos) y Felipe Santiago Salaverry y Allende (Guipúzcoa) como Contador de la Renta Real de Tabacos. Concuerdan igualmente en procurar esmerada instrucción para sus hijos. Domingo estudia en la escuela del Profesor Pedro Guevara, reconocido por el rigor que imparte, la disciplina que impone y la calidad de enseñanza que prodiga. De tal índole esta última que, en su madurez, Nieto es apodado “El Mariscal Greco-Romano” razón su vasta cultura clásica. Felipe Santiago cursa gramática latina en el Colegio Real de San Felipe y San Marcos, retórica y latín en el Real Convictorio de San Carlos y matemáticas, lógica y música en el Colegio de San Fernando. Así pues, en facultad aquella excelente formación, ambos mozos rematan asimismo cultos e ilustrados.
Como concurrencia final en el ámbito privado, durante su estadía en Lima en plena relevancia histórica, nuestros personajes residen vecinos a corta distancia de la Plaza de Armas. Domingo Nieto en Calle Negreiros, quinta cuadra del actual Jirón Azángaro (propiedad declarada en su testamento), y Felipe Santiago Salaverry en la esquina de Calles Gallinazos con sobredicha Negreiros, presente cruce de Calle Puno con el citado Jirón Azángaro (lugar de su nacimiento).
En la vida castrense el sincronismo repite. Los dos inician su cometido militar de manera precoz. Nieto a los 17 años incorporándose a la avanzada del Ejército Libertador que arriba a Moquegua bajo mando del Comandante Guillermo Miller en Mayo de 1821 y Salaverry a los 14 presentándose ante José de San Martín en su Cuartel General de Huaura a fines de 1820. Posteriormente comparten tanto la primigenia Expedición a Intermedios (1822) como la siguiente (1823) comulgando p***s en las contiendas de Torata y Moquegua, y dejando impronta de valor en el victorioso combate de Zepita, respectivamente. A reglón seguido participan juntos en las laureadas Batallas de Junín y Ayacucho para finalmente escoltar a Antonio José de Sucre en su empeño al Alto Perú, experiencias todas que sirven para labrar una sólida amistad adornada de mutuo respeto.
Concluida la, para el Perú, aciaga empresa altiplánica los compañeros retornan a Lima en 1826 año en que el Mariscal Andrés de Santa Cruz, tras renunciar a la Prefectura de Chuquisaca, asume, en la Capital peruana, la presidencia del Consejo de Gobierno cuerpo instituido por Simón Bolívar. Para entonces Domingo Nieto lleva los galones de Teniente Coronel y Felipe Santiago Salaverry destaca con categoría de Sargento Mayor Graduado. Uno y otro lucen en sus casacas las medallas de Zepita, Junín, Ayacucho y Libertadores del Perú amén del título Ciudadano Benemérito a la Patria. Circunstancias inherentes a la carrera de soldado los separan y no volverán encontrarse hasta Mayo de 1828 con motivo de la guerra contra la Grancolombia.
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El Siglo XIX es la centuria del Romanticismo. Movimiento cultural que surge como reacción a la Ilustración y al Neoclasicismo, priorizando la emoción, la imaginación, el individualismo y la libertad creativa sobre la razón. Exalta la naturaleza salvaje y lo sublime de los cosas, busca la identidad nacional y la expresión del yo interior a través de la subjetividad. El nervio marcial de la corriente se manifiesta a través del Héroe Romántico, figura cuyos pilares son el honor, en su sentido testimonial; el valor, incluso más allá de la prudencia; y la épica, haciendo del gesto una gesta. Por ello, con énfasis en los sentimientos y la pasión, van a la guerra o realizan hazañas individuales afirmándose en el riesgo asumido con intrepidez y búsqueda de la belleza a través de una muerte gloriosa.
En dicha línea nuestros paladines protagonizan, durante el gobierno del Mariscal José de La Mar (1827 – 1829), dos míticas proezas que los muestran como Héroes Románticos dignos hijos de su tiempo. Felipe Santiago en Lima, antes del conflicto con la Gran Colombia, y Domingo en el Portete de Tarqui, en medio de aquella conflagración.
23 de Abril de 1828. Cuartel de Granaderos No. 9, al costado del actual Congreso de la República. El Jefe de Plaza es Salaverry en su calidad de Sargento Mayor. Al interior de la delegación se encuentra preso el Coronel Alejandro Huavique acusado de crímenes políticos. En medio de la noche, aprovechando el Jefe limeño se encuentra fuera del recinto el Oficial inculpado solivianta la tropa haciéndola formar en el patio principal. Mientras arenga y arma al contingente un cadete logra escapar del cantón y raudo llega donde Felipe Santiago se encuentra cenando con algunos colegas. Enterados de la conspiración varios corren a dar aviso a las autoridades, los demás a ubicar refuerzos. Salaverry queda solo y sin más arma que su espada ni más fuerza que la de su espíritu se dirige paso firme al meollo de la sublevación.
Leamos a Martín Bilbao quien en su libro HISTORIA DEL GENERAL SALAVERRY (1853) da cuenta del hecho según versiones coevas: “Su marcha fue precipitada y en pocos minutos llegó a la puerta del cuartel. El oficial de guardia al frente de una mitad, le intima la orden de retirarse pero Salaverry le atropella y pasa por encima de la guardia hasta colocarse en el centro del patio donde estaba el batallón formado. Su primer grito al llegar fue de rabia y desenfreno: “Quién ha mandado formar esta tropa?” exclama. “Quién es? Que salga al frente el que lo ha ordenado!” Reinaba un silencio profundo, nadie contestaba, Salaverry daba patadas de cólera en el suelo y al propio tiempo principiaba a perorar. Entonces Huavique que se había ocultado tras de la fila, mandó apuntar a la primera compañía y saliendo al frente del batallón con sable en mano se precipitó sobre Salaverry y respondiéndole: “Yo la he mandado formar!” le lanza una estocada. Salaverry dio un brinco hacia atrás e impide que Huavique le atraviese. Este le hiere levemente en el cuello y procura concluirle cargándole; pero Salaverry logra sacar su espada que aún conservaba envainada y haciendo frente al jefe revolucionario se traba entre los dos un combate a muerte. La tropa presenciaba impasible esta lucha. Nadie chistaba, se esperaba con impaciencia el triunfo de alguno de los dos. De la muerte de cualesquiera dependía el resultado de la conspiración: en aquella lucha parcial, se jugaba nada menos que la suerte de las autoridades constituídas. Pasaron cortos momentos de incertidumbre. Salaverry se precipita sobre su enemigo y le hunde la espada hasta el puño. Huavique cae, vuelve a levantarse moribundo y huye a la calle, quedando mu**to a pocas varas de la puerta del cuartel.”
Mu**to el amotinado caudillo Felipe Santiago Salaverry encara al regimiento cuyos hombres descalabrados oscilan entre el desánimo, la duda y el temor. Los llama al orden con el ardor de la victoria y el ímpetu eufórico de un joven hecho de fuego. Perdona a los Oficiales que secundaron la sedición evitando sean fusilados y así, sin condiciones, el batallón se entrega subyugado ante el arrojo e imperio de su Sargento Mayor.
Cuatro días después el Gobierno premia al limeño ascendiéndolo a Teniente Coronel Graduado.
27 de Febrero de 1829. Portete de Tarqui, Cuenca, actual Ecuador. Simón Bolívar ha declarado la guerra al Perú y el Presidente La Mar responde con energía por mar y tierra. Desplegada la campaña terrestre, tras exitoso progreso, la vanguardia del ejército nacional, precedida por la columna “Cazadores” a órdenes de Salaverry, se encuentra en el estrecho y sinuoso paso de Tarqui con intención alcanzar la ciudad bañada por el rio Tomebamba. Viendo Antonio José de Sucre, al mando de las huestes grancolombianas, la incomodidad de las tropas peruanas apretadas y sin poder maniobrar adecuadamente en medio del desfiladero resuelve bloquearlas descargando toda su potencia con el escuadrón montado “Cedeño” a la cabeza. Es gracias al auxilio de los Húsares de Junín, a cargo de Mariano Necochea y Domingo Nieto, que se evita una catástrofe estancándose sin definición la batalla. De nuevo los camaradas peleando codo a codo por la Patria.
Llegados a este punto de irresolución el Coronel grancolombiano José María Camacaro, Jefe del regimiento “Cedeño”, hombre de gran alzada, hercúleo y conocido como “La Primera Lanza de Colombia”, confiado en su destreza, envía al emplazamiento peruano un Oficial con bandera de parlamento para retar, a quien se atreva recoger el guante, a duelo singular de manera decidir la disputa.
Sigamos la publicación del Dr. Federico Morante Trigoso en el Diario EP de Arequipa (2015): “ … a Camacaro se le ocurrió dilucidar la contienda al estilo de las justas de paladines del Medioevo, para lo cual envió un emisario al jefe peruano. Sin embargo, al hacer esta proposición lo que realmente quería Camacaro era obtener un éxito barato sobre un rival de escasa pericia en el manejo de la lanza y frente a cientos de testigos, prontos los unos a rendirle tributo de admiración y condenados los otros a sufrir la afrenta de la derrota de su jefe.
“Para sorpresa del emisario la respuesta de Domingo Nieto fue la siguiente: “Sírvase decir a su jefe, capitán, que estoy a sus órdenes en el terreno que quiera y con las armas que elija”. Entonces, ante la creciente expectación de los dos escuadrones, que conocían ya la heroica decisión de sus respectivos jefes de medir sus armas, irrumpió en la palestra el comandante Nieto sobre su bello potro piurano de sangre árabe “El Negro”. A la vez, Camacaro, el fiero Camacaro, fustigó su zaino huesudo y ágil, y desfilando ante sus tropas, que lo creían invencible, se situó a un centenar de metros del comandante Nieto”.
“Desde ese instante, el confuso vocerío que surgía de las dos unidades, cesó de pronto, flotando sólo en el aire un nervioso tintineo de espuelas. Luego, los dos paladines, sin peto y celada, la lanza bajo el brazo, hirieron resueltos los ijares de sus cabalgaduras y arrancaron en desenfrenado galope para embestirse furiosos hasta llegar a formar momentos después un solo grupo trágico. Por la fuerza del choque, los caballos se detuvieron de golpe, la grupa hacia abajo, y ante el asombro de cuatrocientos jinetes, Camacaro, el famoso Camacaro, la primera lanza de Colombia, cayó violentamente a tierra con el pecho atravesado por el arma de Nieto, cuyo regatón apuntaba al cielo. Cuando el vencedor del terrible duelo se retiraba con su Escuadrón por un desfiladero peligroso, dominado por el enemigo, Sucre, el generoso Sucre, ordenó a sus tropas que no dispararan. Como respuesta a tan noble gesto, el comandante Nieto lo saludó con su sombrero”.
Concluido el espectacular lance, el moqueguano a trote lento se reintegra a los Húsares de Junín en medio de la admiración y algarabía de sus compatriotas. Desconcertados en un primer instante, al final los grancolombianos desconocen la propuesta de Camacaro lo cual obliga la avanzada peruana se repliegue para, agrupada con el grueso de las fuerzas nacionales, quedar a la espera de una inminente confrontación total. Sin embargo dicha gran contienda no llega a realizarse dado ninguno de los ejércitos en pugna se siente lo suficientemente robusto como para emprender el esfuerzo. La guerra termina con la suscripción de una serie de convenios promotores de “una paz perpetua e inviolable, y amistad constante y perfecta entre ambas naciones” según reza el Tratado Larrea – Gual.
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La Historia del Perú, tras el conflicto con la Grancolombia, se sucede trepidante. Envueltos, como actores primordiales, en la vorágine natal de la República, nuestros personajes transitan por distintos senderos hasta concurrir nuevamente en la guerra civil entre José Luis Orbegozo y los gamarristas de Pedro Bermúdez, los dos amigos bajo bandera del trujillano. Luego del “Abrazo de Maquinhuayo” que pone término a la brega fratricida, el año 1834 ubica a los compañeros morando en Lima ambos con el rango de General de Brigada. Domingo Nieto como Inspector del Ejército y Felipe Santiago Salaverry como Inspector de la Guardia Nacional.
Pasan los meses y con la alborada del nuevo año de 1835 se suscita el levantamiento del Sargento Pedro Becerra en el Castillo Real Felipe. En aquel momento el Presidente Orbegozo se halla en Arequipa alerta ante las maquinaciones e intrigas de Agustín Gamarra por el sur del país reemplazándolo en la capital Manuel Salazar y Baquíjano. Este ordena a Nieto poner término inmediato a la revuelta. Sin solución de continuidad el moqueguano apresta un batallón y nombra para la encomienda Jefe de Estado Mayor a Salaverry. Anejos, cabalgando estribo con estribo, marchan a sofocar el brete arribando a las inmediaciones del fuerte la noche del 1º de Enero.
Fracasados los intentos de conciliación el General limeño pide al superior autorización para cargar sobre la fortaleza. Obtenida la misma, al frente de una columna de infantería y un piquete de caballería, arremete contra la puerta principal abriéndose paso a sangre y fuego cubierto por Domingo Nieto y el volumen de la tropa. Desbaratados los subversivos la rendición es inmediata. Tras un consejo de guerra sumario Becerra y sus cómplices son fusilados sin contemplaciones. Retomado el Castillo se le comisiona a Felipe Santiago Salaverry la guardia del fuerte mientras que Nieto es designado Gobernador del Callao. Encargados del buen concierto en el Puerto, la colaboración entre los camaradas promete fructífera. Mas el inescrutable rumbo del destino ha de tomar otra dirección. Esta es la última vez que comparten un mismo bando.
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Una de las características esenciales del Romanticismo es el Nacionalismo. Tendencia política donde la nación se concibe como una conciencia común con derecho a formar su propio estado independiente para así concretar las lícitas aspiraciones sociales, económicas y culturales de todo un pueblo interpretado éste como ente particular y único. En tal sentido los románticos, revestidos de un individualismo a ultranza y con alto ingrediente emocional, luchan contra todo obstáculo en aras del noble proyecto puesta la esperanza en un futuro mejor. Impulso inspirador de tal ahínco es el amor incondicional y absoluto a la Patria. Dentro de este marco ideológico veamos el devenir de nuestros protagonistas.
Domingo Nieto es de baja estatura y complexión delgada. Desde joven padece problemas hepáticos que hacen su salud paulatinamente se resquebraje hasta conducirlo a prematura muerte a la edad de 40 años, la cual acepta con resignación. Sus ojos de vivo y transparente mirar resaltan en una faz amable cuyas facciones transmiten rectitud y honradez así como severidad ética en la determinación. Hombre compuesto, metódico, hacendoso y solícito en el cumplimiento de responsabilidades, es caballero de fe, devoto y piadoso de la Virgen del Rosario.
Felipe Santiago Salaverry es más bien alto y correoso. Pálido y de mirada torva su semblante es una reunión de dureza, tenebrosidad y arrogancia con “una risa ferina que jamás le bañaba el rostro de placer” (Dean Valdivia quien lo conoció). De índole resuelto, pronto, decisivo, desenfrenado y sobremanera exaltado, dominado por el fervor se mueve más por los dictados de su peculiar vehemencia que por la serenidad del juicio. Altanero y soberbio no rinde cuentas, a su aire siempre elimina sin escrúpulos a quien ose cruzarse en su camino.
Mas no obstante aquella disparidad en lámina y temperamento los dos, Héroes Románticos por antonomasia, coinciden en el fondo de la ideología. La diferencia está en la forma, hija de la personalidad. Así pues, dueños de un inquebrantable patriotismo y desatados en pro de un sueño común, mientras el moqueguano opta por el camino de la legalidad, el limeño prefiere la solución diligente. El primero fiel a su bagaje moral respalda siempre la autoridad legítima acatando por encima de todo la Constitución y las normas, tanto así que gana el remoquete de “Quijote de la Ley” por su disposición sin restricciones al orden constitucional. El segundo bulle por instinto. Sentir, concebir y obrar son para él un acto simultáneo. Voluntad de hierro y audacia sin límite son las disposiciones de su ánimo. Le llaman “Loco” y “Sanguinario” por su discurrir impredecible, intenso y temible.
Como es fácil suponer, identidades tan opuestas en coetáneos portentos de nuestra Historia, a pesar de la real amistad, habrían de chocar inevitablemente tarde o temprano. Y la ocasión llega con la revolución de Felipe Santiago Salaverry el 22 de Febrero de 1835. En aquel momento la situación del Perú es de profunda inestabilidad política, económica y social, marcada por un militarismo desbocado con líderes de todo matiz y lealtades cambiantes sin pesadumbre. Como añadido la administración del Mandatario José Luis Orbegozo se desenvuelve débil y Andrés de Santa Cruz, a la sazón Gobernante de Bolivia, amenaza imponer la Confederación Perú – Boliviana con predominio del país altiplánico. Frente a coyuntura tan compleja Nieto y Salaverry habrán de actuar según los dictados de sus fibras más íntimas.
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Felipe Santiago Salaverry, a cargo del Castillo en el Callao y con 400 hombres bajo su mando, se hace fuerte. Considerando el país se encuentra acéfalo al encontrarse Orbegozo en Arequipa, se alza en armas contra el Primer Dignatario oficiando a Salazar y Baquíjano para que renuncie a la presidencia interina. Sabe Salaverry que el primer y más duro opositor a su golpe de estado será “El Quijote de la Ley” por lo que envía prenderlo sin interposición. Una vez producida la captura ordena su destierro por mar a Panamá.
Mientras el caudillo limeño de sólo 29 años, seguido de una compañía equipada con lujo, entra al galope a Lima al grito de “la época es de los muchachos!”, Domingo Nieto solicita ver a su esposa antes de partir al forzado exilio, pedido que el nuevo Gobernador del Puerto General Juan Angel Bujanda le concede.
Reunido con su cónyugue, ésta le entrega un atado de ropa que esconde un par de revólveres, artefactos que le sirven para, durante el trayecto, reducir la tripulación, apoderarse de la goleta y desembarcar en Huanchaco donde reúne algunas tropas para confrontar al rebelde. Entre tanto en la capital, el 24 de Febrero y desde la Casa de Gobierno, Felipe Santiago Salaverry se proclama Jefe Supremo de la Nación. El ejército acantonado en Lima, la armada, así como los pueblos del norte y sur chico del Perú se manifiestan a favor de la credencial. Una vez en el poder Salaverry decreta una serie de ordenanzas para organizar el Estado y sin descanso se avoca a combatir tanto las huestes enviadas por el Presidente José Luis Orbegozo para enfrentarlo, como los bandoleros que acechan Lima en medio del desquicio político. Bajo control aquellas vicisitudes el flamante Jefe Supremo organiza un regimiento y, vía marítima, parte hacia Trujillo a la caza de Nieto.
Tras cinco días de travesía llega a las costas del Departamento norteño y establece su Cuartel General en Paiján. Los siguientes días son de persecución implacable por las serranías con Felipe Santiago Salaverry pisándole los talones a Domingo Nieto hasta que el 8 de Mayo, en los llanos de Cachapampa, cuando finalmente las dos cuotas están frente a frente, los parciales del General moqueguano se pasan a la facción contraria, entregan amarrado al insurgente y reconocen como única autoridad al adalid limeño.
Previo a narrar la entrevista entre los añejos amigos, debemos decir que, durante los días del hostigamiento descrito, ambos cruzan cartas cuyos textos resultan la mejor descripción del carácter de uno y otro. Repasemos las dos primeras.
CARTA DEL JEFE SUPREMO A DOMINGO NIETO:
Paiján, Abril 13 de 1835
Señor General D. Domingo Nieto
Mi estimado amigo:
Un paso de Ud., inmediato y violento, y que reprueban sus mismos amigos me ha conducido a este departamento, donde no debió llegar el horroroso presente que le ha traído Ud. ¿Y con qué objeto? ¿Con qué esperanzas? Se ha sentado Ud. espontáneamente sobre el cráter de un volcán, cambiando una posición verdaderamente envidiable, acaso por un fin trágico y no muy honroso, pero al menos por una situación azarosísima.
Yo quiero creer que Ud. Se ha arrepentido de una temeridad imperdonable, pero si, contra mis conjeturas, no lo está Ud., lo tendrá cegado el espíritu de partido o un deseo noble de venganza, y de venganza por mi no procurada. Ya que hablo de esto, diré a Ud. terminantemente que sobre el particular ha sido más injusto que todos lo demás. He profesado a Ud. una amistad que rayaba en tierna y jamás la he manifestado mayor que en la ocasión que hace el origen de su queja. Separé a Ud. del país, sí, pero por qué no podía hacer otra cosa, pero por muy poco tiempo, pero salvando a Ud. en los mismos momentos en que me lanzaba yo en un sacrificio, cierto, entonces, pero indispensable. Quedé cuidando de su casa como de la mía propia.
……
¿Quién estorbaba la muerte de Ud. si yo lo hubiera querido? …… Veamos claro, ha desacreditado a Ud. mucho su comunicación de Huanchaco.
Pero olvidemos lo pasado, mientras nos ocupamos de asuntos más serios y urgentísimos. El Perú todo, todo está pronunciado por el actual gobierno. …… La escuadrilla de Ud. no existirá a la hora en que escribo, por qué o se ha entregado o se ha ido a pique. Estas provincias litorales solas, sin auxilio alguno, no se dejan ahora reconquistar por Ud. y Ud. ¿qué piensa? ¡Batirse! Nunca he deseado vencer a Ud., nunca, podría serme ….. (ilegible) …… y ahora si en Ud. sería un atentado pretender pelear, en mi sería mucho mayor el contrasentido.
Amigo mío, no hay cuestión. En cuatro años, no podría Ud., dueño de todo este departamento, emprender contra el ejército que hoy tiene el Perú. Estoy seguro que Ud. no le supone al gobierno la mitad de sus fuerzas ni sospecha la calidad de ellas. Voy, pues, a hablar a Ud. como a mi me corresponde.
Medite únicamente sobre su posición, proporciónese mejores datos que los que le suministra el que Ud. cree su enemigo y decídase o a conservarse para su patria y familia o a sucumbir sin gloria. Decídase Ud. como guste ……
Soy su amigo y le profeso siempre la misma buena amistad. Yo no quiero ostentar con Ud. una generosidad ridícula y punzante, no señor, quiero hacer por Ud. lo que se bien que Ud. habría hecho por mi en caso semejante, …… Decídase Ud., le repito, con tal que sea pronto por ahorrar males a los pueblos y ojalá pueda abrazarlo otra vez, su afmo. amigo y servidor.
Felipe Santiago Salaverry
RESPUESTA DE NIETO AL JEFE SUPREMO:
Cajamarca, Abril 17 de 1835
Señor general D. F. Santiago Salaverry.
Mi estimado D. Felipe. No creí que Ud. se dirigiera a mi en los términos que contiene la que acabo de recibir, datada en Paiján en 13 del presente. Ud. me conoce tanto como yo mismo o al menos yo he estado y aún permanezco en esta idea, así es que debiera Ud. estar convencido de mis invariables principios y saber por ellos que soy incapaz de transigir con un gobierno intruso, aunque la persona en quien resida fuese el autor de mi existencia. Ud. aún me llama amigo y yo no le considero ya tal, desde la noche del 22 de Febrero, en que se presentó Ud. a la cabeza de una revolución contra el gobierno y tanto se me hizo sufrir por Ud. o sus satélites. No querría ocuparme ahora de explicar el grado de amistad que yo profesaba a Ud., él era tal que habría dado mi brazo derecho por qué jamás sufriese Ud. la menor alteración, y en este mismo instante estoy pronto a dejármelo cortar, o practicar cualesquier otro mayor sacrificio, porque Ud., volviendo al sendero de la razón y de la justicia, volviese también a la patria y a sus amigos. ¿A dónde quiere Ud. ir a parar, Sr. D. Felipe? ¿Cree Ud. que los pueblos que no le han visto a Ud. satisfecho nunca, a pesar de una carrera veloz y afortunada, convendrán en que Ud. puede labrar su felicidad? No, Sr., ellos no pueden ver en Ud. sino un ambicioso sin límites y un ambicioso que atenta contra su soberanía y sus derechos …… Convénzase Ud. de esta verdad y no ocasione, por más tiempo, males tan graves a la nación: si me cree Ud. su amigo, oiga Ud. mi voz, escúchela Ud. como la de un hombre que jamás ha engañado a nadie, lo que Ud. conoce muy bien.
¿Por qué me echa Ud. a mi la culpa que sólo es suya? El paso que Ud. llama inmediato, violento, y que dice reprueban mis mismos amigos, es obra exclusiva de Ud. por el procedimiento ilegal que practicó en el Callao. Ud. sabe que yo he obrado y obro en buen sentido y yo se que en su conciencia me considera Ud. tal como soy, sin embargo, de que escribe Ud. lo contrario, por tanto no quiero argumentar con Ud. sobre este punto.
…… Nadie le estorbaba a Ud., ciertamente, de que me fusilase en aquella noche aciaga para la patria, así como nadie, de cuantos vieron practicar las operaciones que se hicieron al prenderme y mientras se me tuvo en la garita del muelle y en la goleta hasta que amaneció, negará tampoco que todo el aparato representado era para fusilarme. …… Me habla Ud. …… (del) cuidado de mi casa …… (cuando mi) señora …… constantemente es dominada por el miedo ……
…… Me dice Ud. que el Perú todo, ……, está pronunciado por el actual gobierno, que todo el ejército se ha entregado, que la escuadra también y que si no habría ido a pique; todo esto es bueno para decírselo a chiquillos de seis años a quienes se asusta con el cuco; yo ya estoy muy viejo para asustarme con cuentos ridículos y aun suponiendo que cuanto Ud. me dice fuese cierto, ¿concibe Ud. me separaré por un instante siquiera, del camino que me señala el deber y mi carácter público? No, mi amigo, yo he jurado perecer en el camino del honor y en él me encontrará Ud. siempre. Si muero será con gloria y, aunque sea fusilado …… por qué me sobrevenga algún acontecimiento desgraciado, será mayor mi gloria y las manchas que ya Ud. tiene encima le ennegrecerán infinito. Yo no deseo tampoco pelear ni vencer a Ud. por qué nada me es tan sensible como el ver correr sangre hermana; …… Es bien terminante la amenaza que Ud. me hace, diciéndome que mi fin será trágico. Tengo seiscientos soldados, fuera de los que están arreglando, que si no vencen pelearán el tiempo necesario para dejarme matar al lado de ellos y concluir mi existencia con la honra propia de un soldado republicano. Muy glorioso me será saber que Ud., convencido de que es imposible dominar a los pueblos y arrepentido de los males que ya les ha hecho, les vuelva la tranquilidad de que les ha privado, obedeciendo al gobierno legítimo; entonces tendré el gusto de volver a Ud. el título de amigo, olvidando los agravios personales que ha irrogado a quien fue su más decidido amigo.
Domingo Nieto.
Hemos dicho que, contrariamente a lo que el moqueguano pensaba y escribía, son sus propias fuerzas quienes, para su decepción, lo rinden ante Salaverry. Así entonces el encuentro de los dos antiguos compañeros se produce en la ciudad de Trujillo.
Reunidos cara a cara los rancios camaradas el Jefe Supremo “ ……, contra lo que pudiera esperarse, ……”, refiere Jorge Basadre, “ …… trató con cortesía exquisita ……” a Nieto. Las luces de la pretérita amistad no habían terminado de apagarse y el diálogo fluye alturado y gentil. Dejemos que Rubén Vargas Ugarte, S.J. nos narre la conversación: “Conducido Nieto a Trujillo, se entrevistó en esta ciudad con el caudillo triunfante. Este tendió la mano a Nieto y le manifestó que le parecía muy enfermo, como en efecto lo estaba. A este honradísimo militar no sólo le aquejaba el mal de que adolecía, sino el espectáculo de un ejército desmoralizado, en donde ap***s se hallaba, de jefe a soldado, un hombre a quien guiara el amor patrio y el sentimiento del honor. Salaverry le pidió que se le uniera y que le nombraría jefe del ejército o presidente de la república; ambos unidos lucharían contra Santa Cruz. Nieto no aceptó y le dijo sin rebozo que prefería ser deportado a colaborar con un gobierno ilegítimo, luego en tono profético le dijo a Salaverry: GENERAL, LE HE HABLADO A UD. CON EL CORAZON. SI UD. NO ME ESCUCHA Y NO CEDE A LO QUE LE HE DICHO, TENGO EL FATAL PRESENTIMIENTO QUE UD. SE PIERDE Y PIERDE A LA REPUBLICA Y QUE SOBRE EL CADAVER DE UD. HARA FLAMEAR EL GENERAL SANTA CRUZ, EN EL PERU, SU IGNOMINIOSO PENDON.”
Firmes en su dispareja posición, los que fueran grandes amigos se despiden con un abrazo fraterno. Jamás volverán a verse. Domingo Nieto parte desterrado a Chile de donde regresará al cabo de un año para luchar contra la Confederación y Felipe Santiago Salaverry retorna por tierra a Lima para vivir los últimos meses de su desaforada existencia según acertado presagio de su enemigo mío.
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JAVIER URBINA GONZALEZ
Peruano

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Lima

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