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Excelente reflexión 👏🏼👏🏼
04/06/2026

Excelente reflexión 👏🏼👏🏼

“PRÉSTAME 5 VAROS, MORRO”... LA FRASE QUE IGNORÉ DURANTE MESES Y QUE TERMINÓ CAMBIANDO DOS VIDAS

Nunca imaginé que cinco palabras pudieran perseguirme más que cualquier pesadilla.

Todos los días, al salir del trabajo, lo veía en la misma esquina.

Siempre estaba ahí.

Flaco.

Sucio.

Con la ropa rota.

Con los ojos perdidos como si hubiera dejado de vivir mucho tiempo atrás.

Y siempre decía lo mismo.

—Préstame 5 varos, morro...

La primera vez fingí que no lo escuché.

La segunda también.

La tercera me molestó.

La cuarta me dio coraje.

Porque, siendo sincero, pensaba exactamente lo que muchos piensan.

"Seguro quiere droga."

"Si le doy dinero, solo lo estoy ayudando a destruirse."

"Que trabaje."

Así que pasaba de largo.

Todos los días.

Hasta que una tarde algo me rompió por dentro.

Lo vi metiendo medio cuerpo en un basurero.

Pensé que buscaba latas.

Cartón.

Algo para vender.

Pero no.

Lo vi sacar un pedazo de pan.

Duro.

Negro.

Viejo.

Lo observó como si hubiera encontrado un tesoro.

Lo sopló.

Le quitó un poco de tierra.

Y empezó a comerlo.

Despacio.

Con desesperación.

Como si llevara días sin probar alimento.

Sentí un n**o en la garganta.

No sé por qué.

Quizá porque en ese momento dejó de ser "el drogadicto de la esquina".

Y volvió a convertirse en un ser humano.

Esa noche no pude dormir.

Me imaginaba el frío.

El hambre.

La soledad.

Pensaba en dónde dormiría.

En quién lo habría abrazado por última vez.

En cuándo habría sido la última vez que alguien pronunció su nombre.

Y entendí algo terrible.

Tal vez cuando decía:

—Préstame 5 varos, morro...

No estaba pidiendo dinero.

Estaba preguntando:

"¿Todavía existo para alguien?"

Al día siguiente pasé por una taquería.

Compré cinco tacos.

Un refresco.

Y una bolsa de pan.

Cuando me acerqué, él levantó la mirada.

—Préstame 5 varos, morro...

Le extendí la bolsa.

—No traigo cinco pesos. Pero traje esto.

Se quedó inmóvil.

Como si no entendiera.

—¿Es para mí?

—Sí.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿De verdad?

—De verdad.

Nunca olvidaré su expresión.

Parecía un niño que había pasado años esperando un regalo.

—Gracias...

Su voz estaba rota.

Tan rota que me dolió escucharla.

Desde entonces se volvió costumbre.

Algunas veces tacos.

Otras veces fruta.

Pan.

Agua.

Lo que pudiera.

Y cada vez que lo veía sonreír, sentía que el que recibía algo era yo.

Pero la historia no termina ahí.

Porque un día desapareció.

No estuvo una semana.

Luego dos.

Luego un mes.

Y pensé que había mu**to.

La culpa me devoró.

Porque ni siquiera sabía su nombre.

Ni de dónde venía.

Ni quién había sido antes de convertirse en una sombra.

Hasta que años después conocí la otra mitad de la historia.

La que él vivió.

La que nadie conocía.

Su nombre era Daniel.

Y durante mucho tiempo creyó que ya no era nadie.

Según me contó después, despertaba entre cartones mojados.

Con frío.

Con hambre.

Con miedo.

Pero sobre todo con vergüenza.

—Lo peor no era no comer —me dijo una vez—. Lo peor era saber que la gente me veía como basura.

Me contó que revisaba sus bolsillos vacíos todas las mañanas esperando encontrar una moneda olvidada.

Un milagro.

Algo.

Pero nunca aparecía nada.

Entonces caminaba hasta los basureros.

Porque ahí, decía él, encontraba más comida que compasión.

Y una mañana conoció a alguien que cambió su destino.

Un vecino llamado Raúl.

Daniel estaba buscando algo que comer cuando escuchó una voz.

—Oye.

Pensó que lo iban a correr.

Insultar.

Humillar.

Pero Raúl le extendió una bolsa.

Pan caliente.

Recién hecho.

—Come.

Daniel la tomó.

—Gracias.

—Pero siéntate a comer como persona. No ahí metido.

Daniel me contó que esas palabras lo desarmaron.

Porque hacía años que nadie lo trataba como persona.

Años.

Raúl se sentó junto a él.

Y le hizo una pregunta sencilla.

—¿Cómo te llamas?

Daniel tardó varios segundos en responder.

Como si hubiera olvidado su propio nombre.

—Daniel...

—Mucho gusto, Daniel.

Y entonces llegó la frase que cambió todo.

Raúl lo miró fijamente.

—Te vas a morir aquí.

Daniel bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Y nadie se va a enterar.

Aquellas palabras lo persiguieron toda la noche.

No pudo dormir.

No pudo pensar en otra cosa.

Porque sabía que eran verdad.

Si moría en ese callejón, el mundo seguiría girando exactamente igual.

Al amanecer buscó a Raúl.

Lo encontró barriendo su puerta.

Y sin siquiera saludarlo dijo:

—Llévame.

—¿A dónde?

—A donde sea que dices.

Raúl sonrió.

—Vamos.

Así llegó al anexo.

Y la primera noche fue un in****no.

Daniel gritó.

Lloró.

Intentó escapar.

Golpeó puertas.

Maldijo a todos.

—¡No sirvo para esto!

—¡Déjenme salir!

—¡No tengo nada a dónde regresar!

Entonces Raúl apareció del otro lado del vidrio.

Y respondió algo que Daniel jamás olvidaría.

—Empieza por regresar a ti.

Daniel cayó de rodillas.

Y lloró.

Lloró por su madre.

Por sus errores.

Por los amigos mu**tos.

Por las oportunidades perdidas.

Por el hombre que había sido.

Y por el hombre que creía imposible volver a ser.

Pasaron los días.

Después los meses.

Luego los años.

Raúl jamás dejó de visitarlo.

Jamás.

Cuando Daniel quería rendirse, ahí estaba.

—No te rindas hoy.

—Pero ya no puedo.

—No te rindas hoy. Mañana vemos.

Cuando quería escapar.

—No te rindas hoy.

Cuando quería llorar.

—No te rindas hoy.

Cuando quería volver a caer.

—No te rindas hoy.

Y así, aferrándose únicamente a un día a la vez, sobrevivió.

Dos años después salió.

Más delgado.

Más viejo.

Pero libre.

Raúl lo esperaba afuera.

Cuando lo vio, abrió los brazos.

Y Daniel se derrumbó llorando.

—¿Por qué hiciste tanto por mí?

Raúl también lloró.

—Porque alguien tenía que hacerlo.

Hoy Daniel trabaja.

Paga renta.

Tiene una cama.

Una taza para el café.

Una llave.

Un futuro.

Cosas que muchos consideran pequeñas.

Pero que para él son milagros.

A veces pasa frente al mismo basurero donde buscaba comida.

Y cuando ve a alguien hurgando entre los desperdicios, compra pan caliente.

Se acerca despacio.

Y dice exactamente las mismas palabras que un día le salvaron la vida.

—Come.

Pero siéntate a comer como persona.

Entonces entiendo algo que me sigue haciendo llorar.

Aquella frase que escuché durante meses...

—Préstame 5 varos, morro...

Nunca se trató de cinco pesos.

Se trataba de dignidad.

De hambre.

De abandono.

De alguien rogando que el mundo lo mirara una vez más.

Porque a veces una moneda no cambia una vida.

Pero una mirada sí.

Una conversación sí.

Un plato de comida sí.

Una mano extendida sí.

Daniel me enseñó que nadie cae de la noche a la mañana.

Y Raúl me enseñó que nadie se levanta completamente solo.

Desde entonces intento recordar algo cada vez que veo a alguien perdido en el camino:

Detrás de cada persona rota existe una historia que no conocemos.

Y a veces, el inicio de una redención no es un gran milagro.

A veces empieza con un pan caliente.

Con una silla.

Con un abrazo.

O con alguien que, por primera vez en mucho tiempo, decide verte como ser humano. ❤️

©️S. ABAN

Créditos a quien corresponda.
Tomado de la red.

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